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martes, 11 de abril de 2017

Holy Week



Semana Santa, camino de partir, tiempo de orar -el que crea y no deje de creer-, periodo de descanso vacacional, tiempo de playa. Una tradición antiquísima que se repite todas las primaveras y que no deja indiferente a nadie. 

Los americanos nos identifican con el Ku Klux Klan; para los ingleses este tiempo, que rememora los últimos días de Jesús, su muerte y posterior resurrección, es sinónimo de playa, buen tiempo y paella, aunque hay muchos que se mezclan entre el gentío de las ciudades semanasanteras del interior. Los japoneses también van viniendo cada vez más, son fácilmente identificables por sus rasgos y vestimenta cual Indiana Jones. 



Pero ¿y los españoles? ¿Cómo afrontan esta curiosa semana los españolitos de a pie? 

Pues hay de todo, como en botica. Aquí se diferencian claramente dos grupúsculos según su ideología política. Pero también se pueden clasificar por zonas de residencia, por las raíces -que tiran mucho-, si han mamado o no la tradición religiosa y costumbrista desde la niñez, por experiencias, etc.

Se puede decir,  y en la mayoría de las ocasiones no se falla en el pronóstico o prejuicio, que las personas con una ideología o voto de izquierda -sobre todo las de extrema izquierda- son reacias a este culto mariano y jesuita que en estos días recorre las cuatro esquinas de la piel del toro. Prefieren huir de las procesiones y rendir otro tipo de culto: el de la montaña, la naturaleza, las playas... También los hay, por increíble que parezca, los que viajan en estas fechas a ciudades europeas o a New  York. Qué Dios les coja confesados.

En el extremo opuesto del gráfico se sitúan los votantes de derecha. Estos tienden a ser muy capillitas, como se suele decir por el sur. 

Los de derecha de toda la vida son claramente reconocibles por sus vestimentas de etiqueta (siempre me he preguntado como en Sevilla, a 35 grados a la sombra, pueden sacar el trajecito de la boda), sus crucifijos y conocimientos semanasanteros. Algunos parecen que han hecho carrera desde chiquititos y son algo jartables. Son los llamados frikis de la Semana Santa, como decían en el programa de Carlos Herrrera.

Pero como no es bueno tirar de tópicos en la vida ni generalizar -salvo en el futbol-, el que sí ha mamado la Santa Semana cristiana desde pequeño -ojo, que al principio me escondía. Me daban miedo esos capuchinos- y ha visto actitudes y opiniones de aquí y de allá, se encuentra con derecho a opinar sobre esta costumbre muy española de sacar tallas de madera con ricos vestidos a la calle. Opinar si pero con precaución porque en este país por un mero chiste te meten entre rejas.

Lo que uno ha presenciado en su ciudad son ciertos comportamientos de sabelotodos que rayan el surrealismo. Si, esos pretendientes a hermanos mayores que les encanta dialogar, discutir y dar a conocer sus conocimientos sobre tal talla, las andas de cual o el guión de aquel. A su vez, hay cientos de hermanos que se limitan a salir en la procesión, otros ayudan a su hermandad en lo que pueden.  

Los hay que son meros aficionados y otros que llevan toda la vida en estos menesteres. A algunos la palabra cristiano no les favorece puesto que sus palabras y sus obras no van en concordancia. Otros sin embargo, sin profesar la fe, dan más ejemplo que cualquiera de los anteriores.

Foto de David Saugar


Desde fuera de estos ambientes, por parte de personas que no tienen esta tradición en sus lugares de origen o que han decidido no formar parte de este mundillo, bien por su ideología o por otros motivos, te miran extrañados cuando les pregonas con cariño el gusto por la Semana Santa. Y es normal en pleno siglo XXI... aunque uno también ha tenido que aguantar ciertos comentarios irrespetuosos en ciertos ámbitos laborales y sociales. Así, la callada ha sido la respuesta por mi parte, la más inteligente frente a la ignorancia.
Porque el que no ha conocido esta costumbre se piensa que todos los que participamos o degustamos de ella somos unos fachas religiosos hipócritas. Y no es así. Como sucede en mi caso. 

En Semana Santa soy un marqués de treinta y pico años al que le gusta recorrerse las calles de arriba a abajo buscando el maravilloso ambiente de estos días, intentando localizar el mejor rincón para escuchar esa marcha que te hipnotiza, rememorando costumbres de toda la vida que tan buenos recuerdos me traen en la conversación con aquellos amigos que hace un año que no ves o tomándote unas cañitas en los Arcos. A la vez, disfruto viendo películas de temática histórica relacionada con la vida de Jesús, la religión, romanos o la Biblia. Y si es a la hora de la siesta mejor.

¡Pero ay amigos!, en cuanto pasa el Domingo de Resurrección y ya el capuz se ha metido en el baúl de los días felices, volvemos a nuestra rutina diaria. Si piso la iglesia es alguna vez para llevar a mi madre. Mi vista a partir de entonces está puesta en descubrir otras culturas, lugares y personas, abiertas de mente, solidarias y sabias.

Es contradictorio, lo se... Resulta difícil de entender pero es que uno en estos días ha buscado toda su vida la plasticidad, la música, el teatro y también el reencuentro con la familia, sus raíces, los recuerdos de tiempos felices cogido de la mano de su padre mientras se emocionaba ver subir al Jesús del Puente, aquella noche de Turbas en la que granizó hasta las cinco y media de la mañana y después paró para poder ver salir al Chule del Salvador, los Martes Santo entre los amigos del Bautismo por esas callejuelas de Dios y el resoli de Antonio, los chistes del Potorro en la noche de Turbas, las mañanas soleadas acompañando a Las Angustias y el bocata posterior en la Plaza....

Se puede decir que en personas como yo, la Semana Santa es más una tradición que un movimiento de fe....aunque parezca incompatible. Pero solo el que lo mama o lo vive, el que tiene la mente abierta lo sabe. No es que seamos ateos ni agnósticos sino solamente que creemos de otras formas y en otros conceptos.

martes, 7 de febrero de 2017

Mereces la pena

Sí, con el tiempo se puede. Claro que se puede.

Sí, la vida merece la pena.

No te hagas más esa pregunta.

Te van a dar por todas partes. Aunque te cubras con una coraza o te vayas a la luna para, por completo, desaparecer, seguro que algo te pasará.

Alguna persona en la que confiabas, un día señalado, te pondrá triste; algún malnacido cuervo, justo cuando el cielo estaba despejado, te cagará encima; o el autobús de las ocho se habrá marchado justo en el instante en que, corriendo como un loco, llegues a la parada.

Seguro que el día más feliz de tu vida recibes una mala noticia, Dios no quiera que sea una desgracia. La chica a la que amas con locura, aquella a la que juraste amor eterno, volverá a la Madre Tierra.

O algunos de tus familiares son presa de una maldita epidemia, de ese maldito cáncer que a todos nos golpeará en algún momento de la vida... Y tú te ves impotente, sin saber qué hacer... preguntándote porqué a ti.

Te podrás pasar décadas maldiciendo tu existencia y la del creador. Acabarás abrazando la fe como último recurso o para la indeseada consulta del psicólogo sustituir. Llegarás exhausto al último peldaño de la escalera vital y te seguirás preguntando porqué a ti.

Y cuando sientas ese inmenso vacío en tu corazón dejarás de una vez por todas la senda equivocada. Y por fin empezarás a dar gracias.

Estar agradecido será tu salvación. No me preguntes porqué lo sé. Te aseguro que es así. Ser feliz internamente será la barca con la que navegar con rumbo fijo, viento en popa a toda vela.

Porque, ¡escúchame! ¡La vida merece la pena! Y esto es un suspiro.


Tú, mereces la pena. Y si tú cambias, todos empezamos a navegar a la vez.

Se puede salir, se puede sentir, se puede reír, se puede llorar. Es bonito también llorar.

¡Viva la vida! ¡Viva tú!



sábado, 4 de febrero de 2017

¿De qué va la historia? Autonotas con desgarro.

Él buscaba siempre una historia que contar. Y no se daba cuenta que su propia historia era la más fascinante de entre todas las que se le pudieran ocurrir.

Pero no acababa de convencerse de ello. No tenía claro que sus vivencias pasadas o presentes fueran dignas de merecer las miradas de un solo lector que no fuera conocido suyo... o de uno de sus familiares.

Y siempre es el miedo. El miedo acaba saliendo a escena aunque no se le llame. Está presente en todos los ámbitos de la vida. Es una parte fundamental de un bucle contínuo, de la pescadilla que se muerde la cola. Una cola entrelazada, un ola de la que nunca se acaba de salir.

Y para vencer esos miedos, al final el escritor opta por rebajarse a un mero comentarista de la actualidad.

Y para ese fin, para no correr ficticios riesgos, decide emular a un intelectual, a uno de esos melancólicos críticos de cine con dos metros de patilla con los que uno, mientras este gafapasta demuestra sus reputados conocimientos cinematográficos, se podría echar una larga siesta cual documental de La Dos.

Y también, intentar estar a al altura de los televisivos copresentadores y comentaristas que en turno de mañana analizan la rabiosa y dichosa actualidad política o amorosa, con el únifo fin de que a este humilde, por no decir pobre, y miedoso escritor le invitaran a esas fiestas de etiqueta en la que solo hay que poner buena cara y una sonrisa Profiden.

Y no se daba cuenta que mientras se lo pensaba, había ideado un pequeño artículo con el que rellenar el espacio que ustedes están leyendo, si es que lo leen.
¡Ay! ¡Dichoso miedo!

miércoles, 20 de julio de 2016

¿Tenemos límites?



Al hilo de una discusión reciente en la Fundación Española de la Tartamudez, me viene a la mente otra que llevaba yo con unos amigos y amigas catalanes, en el encuentro anual de dicha Fundación en Valencia, hace unos cuantos años. En aquella ocasión y, en mi caso, llevado por el ímpetu joven del que está probando caminos nuevos insospechados, departíamos amigablemente en la terraza de un bar acerca de si los tartamudos debíamos o no ponernos límites en nuestra vida laboral o social.

Recuerdo que mis compañeros, a los que nunca más he vuelto a ver desgraciadamente, opinaban que si que tenemos unos ciertos límites a la hora de realizar tareas para los que una persona fluida (léase la que no es tartamuda ni por asomo), ahora vengo leyendo que se denominan normofluidas, se basta y se sobra. Y yo les debatía ese concepto, para mí erróneo. Y poníamos como ejemplo el caso de un controlador aéreo, y yo con mi natural desparpajo, sin pensar ni reflexionar, me lanzaba a afirmar que no hay límites, que éramos nosotros los que nos infringíamos ese castigo de autoimponernos límites. Que cualquier persona tartamuda podía dirigir el tráfico aéreo de un aeropuerto con la misma facilidad que una fluida.

Hoy, muchos años después, con varias mochilas a la espalda, un espíritu más sereno y reflexivo y, sobretodo, con mucha experiencia vivida en torno a la tartamudez, concretamente a mi tartamudez que es la que importa, reniego de aquellas opiniones vertidas por mi persona pero no en su totalidad, sino en partes. Habría que matizar...y para eso me explico.

Para empezar, no niego que haya que esconder la tartamudez o no aceptarla, por supuesto. Quienes me conocer saben que opino todo lo contrario, es el único camino para ser un poco más felices. Tampoco niego que sea recomendable poder superarse, no ponerse límites ni fronteras... es más, animo a mis allegados a que se crezcan ante las adversidades, tengan la limitación que tengan. Tener una aptitud vitalista, positiva y de superación es clave para superar las dificultades y trabas que la vida nos pone a diario. 

A superarse y afrontar retos, algunos lo llaman salir de la zona de confort. Esto es matizable. Salir de la zona de confort entiendo que hace referencia a intentar hacer frente a unas dificultades que un individuo tiene y que tiene esa necesidad vital de superarlas. Para otros salir de la zona de confort será afrontar nuevos retos porque se lo pide el cuerpo (o vete a saber, lo mismo es la pareja que es una aventurera). Pero si estamos hablando de salir de la zona de confort para saltar al vacío sin paracaídas o llevar una vida de sufrimiento y complicaciones de todo tipo, hay que preguntarse qué es lo resaltable o interesante de salir de la zona de confort. 

Pero respecto al tema que íbamos a tratar, el de los límites, ¿es correcto afirmar que el ser humano no tiene límites? ¿Puede un atleta que se haya quedado cojo correr una maratón a igual ritmo que otro que no lo sea? ¿Es válido, ético, aceptable o normal que una persona con tartamudez severa trabaje de comercial sabiendo que no va a poder ejercer su labor profesional al igual que una persona no tartamuda?

Respecto a la primera pregunta, cada persona tiene unas capacidades pero no todos tenemos las mismas, bien porque no se tiene ese don innato, no se ha ejercido o porque no se puede, simplemente, por problemas físicos, psíquicos o psicológicos. A la segunda pregunta se le responde muy rápidamente y no creo que merezca la pena comentarla porque no hay un sí.

Y con respecto a la última interrogación la cosa cambia. Estamos hablando de que un tartamudo (el tema de que siente y padece un tartamudo da para otro tema mucho más largo puesto que no es solo la dificultad para hablar sino la ansiedad, estrés, nerviosismo, dolores, salud...asuntos desconocidos para una persona fluida) en el que su primera dificultad es hablar fluidamente (no digo rápido sino fluido) se tiene que enfrentar a un trabajo diario de ocho horas o más en el que va a tener que usar como vehículo de trabajo y de comunicación, precisamente, lo que menos puede usar. Y no lo digo solo por la incomodidad social o psicológica, que eso en mi caso está superado, sino por la física, que es la que realmente me importa.  Porque el esfuerzo físico que ello conlleva en tartamudos como yo es realmente agotador, a veces insufrible. Por no decir del después: agarrotamientos, tensiones musculares, sensación de cansancio y abatimiento, etc. Seguramente que muchos tartamudos severos sabrán de lo que digo.

 Por supuesto todo tartamudo tiene el derecho de trabajar donde le plazca (derecho hasta hace poco no reconocido en determinados estamentos institucionales) y si es apto o no para este trabajo dependerá del grado y tipo de tartamudez,y de  su valía personal y profesional. ¿Porqué del grado y tipo de tartamudez? Porque sencillamente no es lo mismo un tartamudo severo que uno ocasional o leve. El severo, como es mi caso, es consciente de sus limitaciones porque ahí están, no las puede ni debe esconder. Eso no quita que haya tartamudos severos muy válidos para este u otros oficios y que haya tartamudos severos que a veces son fluidos. Pero es que eso es la tartamudez, muy cambiante y personal. Cada uno tenemos un tipo de tartamudez. Y va unida a unos factores sociales, genéticos, físicos o psíquicos que delimitan nuestro quehacer cotidiano. Por lo tanto no todos podemos hacer lo mismo aunque el hacer o dejar de hacer depende de muchos condicionantes, y los secretos de la mente son insospechados.

Ahora juzguen ustedes ¿Hay límites o nos creamos nosotros siempre los límites?

sábado, 30 de enero de 2016

Solamente Battiato, la magia del artista ante un solitario oyente en mi noche desnuda.
¿Qué es la magia? Battiato es magia.
Recuerdo esas noches adolescentes en mi cama, al abrigo del invernal frío serrano, con mi viejo walkman acompañándome en la oscuridad. Y esas cintas que había grabado del Padrone, de este siciliano que desde bien temprano mezcló musicas del mundo con muy buen gusto.
Una delicia volver a escucharle a mis 37 años. Y no me canso, es más, cada día me gusta más.
La belleza es Battiato, la teletransportarción es Battiato. Escuchándole se te pasa el tiempo sin darte apenas cuenta.
¡Viva Italia!



sábado, 26 de septiembre de 2015

Un buen español

Dos Fernandos: Trueba y Sánchez Dragó. Cualquiera diría que ideológicamente están en las antípodas: uno de supuesta izquierda y otro de aparente derecha (aunque en este último caso tenga mis dudas por lo incalificable y variable de la persona).

Pues bien, Fernando Trueba ha dicho y demostrado recientemente que nunca se ha sentido español. Por otra parte, titulaba Sánchez Dragó un libro suyo como "Si hay alguien que habla mal de España, es español" creo recordar, y tiene más razón que un santo. En España se critica mucho el producto patrio y cuando salimos al extranjero lo echamos de menos. 

Pero entonces por esa misma analogía, Trueba sería el perfecto español y sin embargo no lo es (de sentimientos, no de carnet).

Y no lo es porque lo que entiendo yo que el quiso decir era lo contrario de lo que la mayoría de la gente ha entendido.   El día despues de su lapidación mediática, el director de "La niña de tus ojos" aclaró sus declaraciones en la entrega del premio nacional y explicó que había que cogerlas con pinzas...En fin que la ironía y el doble sentido iban explícitas en ellas. Porque Trueba no se siente ciudadano de ningún país, ni del suyo propio, sino del mundo.

En sus declaraciones iniciales se hablaba de que incluso le hubiera gustado que los galos hubieran ganado en la Guerra de la Independencia o cuando jugaron contra nosotros en baloncesto. Son opiniones tan respetables como el que desea que arda el coche del vecino. Quizás no era el marco adecuado pero respetables son. La libertad de expresión por encima de todo.


Y respecto a la devolución del importe ganado con el premio no veo porqué lo tendría que hacer puesto que de lo que he leído de sus declaraciones, lo expresado son sentimientos. También hay críticas y ¿es que ni criticar se permite ya? Es más, ha pedido perdón el día después a quien se hubiera sentido ofendido.


Al que esto escribe más bien le parece que un buen español no es el que prefiere la espada a la pluma ni el que se compara y critica a su vecino o el que habla sin saber sino el que construye y reparte amor y solidaridad entre sus conciudadanos y vecinos, el que piensa que juntos avanzamos y separados destruimos, el que tiene el valor de mirarse a si mismo y pensar en consecuencia cuando todos opinan lo contrario o el que sabe pedir perdón.

lunes, 20 de abril de 2015

Primavera sugerida por Montero


"Déjame, pensamiento, déjame, 
 mañana seré tuyo, 
volveré a ser tu presa. 
 Pero hoy, 
 mientras la luz araña en los árboles y pide 
 una oportunidad, 
quiero que me recoja la inútil primavera".

−Luis García Montero